Una Invitación provocadora

Desde su anuncio, la reciente charla de Matthew Crawford en nuestra universidad fue una invitación directa a la controversia. A pocos dejó indiferente un título provocador como “La inteligencia artificial como autonegación de lo propiamente humano”, y es natural que esta afirmación, tan radical, despierte curiosidad por escuchar qué ideas la sostienen.

Invitación a la charla

La expectativa era alta. Se trata de una figura reconocida, con una postura crítica, articulada y cuidadosamente presentada. Y, en efecto, Crawford ofreció una exposición lúcida y provocadora, construida con habilidad y apoyada en referencias filosóficas que estructuraban un mensaje claro: la inteligencia artificial representa una amenaza existencial para lo humano.

En su intervención, Crawford planteó varias ideas categóricas. Sostuvo que utilizar IA para expresarse, especialmente en momentos significativos,  es una forma de no estar presente, de ausentarse simbólicamente del acto de hablar o expresarse, y que delegarlo a una máquina es renunciar a nuestra esencia. Propuso que la IA reemplaza, más que asiste, pues debilita nuestra capacidad de decidir y expresarnos por cuenta propia, y que, al operar por lógica estadística, vacía de sentido el acto de comunicar y pensar. En conjunto, presentó una visión en la que el uso de estas tecnologías diluye lo esencial de la naturaleza humana.

En mi opinión, muchas de estas afirmaciones se sostienen sobre analogías formuladas de manera selectiva, una mirada particular de qué significa “ser humano”, y una comprensión parcial del funcionamiento de esta tecnología.

Si bien advertir sobre los riesgos del mal uso de la IA es algo legítimo y necesario, creo relevante evaluar con rigor la solidez los argumentos de Crawford. Porque, aunque bien intencionadas, sus ideas pueden generar temor, desinformación y rechazo en personas que aún no comprenden del todo esta herramienta. Y esto es más relevante aun cuando la audiencia incluye a profesionales de una institución universitaria, es decir personas cuya influencia en la formación de otros es considerable. Si nosotros adoptamos una visión distorsionada, ese efecto se multiplica.

Este artículo no busca desestimar todo lo dicho por Crawford, sino abordar las afirmaciones que considero más problemáticas desde una mirada técnica y práctica. Además, creo necesario complementar la visión de Crawford sobre “qué nos hace humanos”. La intención es contribuir a un debate que nos afecta a todos. Porque entender mejor el fenómeno de la IA, no es ejercicio académico en el vacío, sino una responsabilidad intelectual y formativa.

Nuestra universidad es, y debe seguir siendo, un espacio abierto a la circulación de ideas diversas. Es valioso que hayamos podido conocer la mirada de Crawford, aunque no coincidamos con ella en varios puntos. Y es igualmente positivo poder comentarla desde una postura crítica pero constructiva. Que ideas como estas se expongan y se discutan no solo es legítimo, es deseable en cualquier comunidad académica seria.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de lenguaje, tecnología y lo humano?

Para responder con claridad a los planteamientos de Crawford, primero tenemos que entender bien de qué está hablando. Conceptos como “lenguaje”, “tecnología” o “lo humano” aparecen en su discurso cargados de significados emocionales, filosóficos e incluso religiosos, pero no se explicitan con precisión. Eso hace que su mensaje suene potente, pero también puede prestarse a confusión. Por eso, antes de seguir, vale la pena dejar claro qué entendemos por cada uno de estos términos, desde una perspectiva más concreta y cercana a la experiencia cotidiana. Nuestro entendimiento de cada uno de estos conceptos es el siguiente:

A continuación, abordaremos algunas de las ideas planteadas en su charla.

Crawford y la confusión entre lenguaje y ser

Crawford plantea que usar lenguaje generado por una IA equivale a perder humanidad. Según él, el lenguaje no es solo un medio de expresión, sino la manifestación misma del ser, algo así como una extensión del alma. Por eso, delegar el lenguaje a una IA, aunque sea en una situación cotidiana o práctica, sería, en sus palabras, “ausentarse” y “ceder el lugar” en momentos que requieren autenticidad.

El problema con esta visión es que confunde el medio con el contenido. Hablar no es lo mismo que decir algo con sentido. Lo humano se juega en el juicio, la intención y el propósito con que se comunica. Si alguien decide qué quiere decir y cómo decirlo, entonces el hecho de haber usado una herramienta, aunque sea una IA, no anula su presencia, ni su humanidad.

Previamente decíamos que un ser humano es una persona con autoconciencia, con capacidad de orientar su vida con propósito, y que se realiza en relación con otros. Nada de eso depende de si se usó papel, voz, o una IA como apoyo. Lo humano no está en el lenguaje mismo, sino en la responsabilidad sobre el contenido que se expresa.

La tecnología, una prolongación, no una amenaza

Crawford sugiere que la inteligencia artificial representa una ruptura en la historia humana. Se trataría de una tecnología tan poderosa que ya no amplifica al ser humano, sino que lo reemplaza. Según él, ya no estamos creando herramientas externas, sino dispositivos que invaden nuestras funciones centrales, erosionando lo que nos hace personas.

Pero esta interpretación ignora un hecho básico. La tecnología no es ajena a lo humano, es parte constitutiva de él. Desde el uso del fuego y la invención de herramientas de piedra por el Homo habilis, pasando por la escritura, la imprenta, la electricidad, los medios de transporte, las telecomunicaciones y la computación, cada gran avance tecnológico ha modificado nuestras capacidades sin anularlas. La IA no es el primer hito que nos transforma. Y no será el último.

En perspectiva, la IA no representa una amenaza a lo humano, sino una nueva instancia de afinación de nuestras habilidades, como sucedió con tantas otras herramientas antes. Lo que cambia es el nivel de sofisticación y la masificación de su adopción, no la lógica de fondo. Como toda tecnología, la IA es una creación humana orientada a resolver problemas y ampliar nuestras capacidades. Lo esencial es cómo decidimos usarla.

No somos menos humanos por usar herramientas

Crawford dice que “cuando la máquina habla, el humano guarda silencio”. Para él, lo humano aparece solo cuando no usamos ningún tipo de ayuda, como si nuestra esencia solo pudiera expresarse cuando todo lo que hacemos nace exclusivamente de nuestras capacidades biológicas, sin asistencia. ¿Desde cuándo recibir ayuda para expresar una idea implica estar ausente? ¿Desaparecen los autores que trabajan con editores? ¿Desaparece un orador que ensaya con un coach? ¿Desaparece un terapeuta que estructura su sesión con ayuda de una guía? Recibir ayuda permite enfocarse en lo esencial. No borra, sino que refuerza la presencia.

La idea de Crawford niega algo que nos define profundamente, la capacidad de inventar, resolver, adaptar y transformar. Lo humano no se mide por la ausencia de tecnología, sino por el criterio y creatividad con que se la usa. Una persona no es menos humana por usar una prótesis, una calculadora o un algoritmo. Lo sería si no pudiera decidir con libertad cómo y para qué usarlos.

La inteligencia artificial, como cualquier tecnología, no borra nuestra humanidad, la desafía. Su presencia exige lo mejor de nosotros. Juicio, propósito, y responsabilidad. Porque lo humano no se pierde cuando nos apoyamos en herramientas, más bien se concreta cuando hay intención y sentido en lo que se está haciendo.

¿Deshumaniza la IA?

Una de las ideas más repetidas y provocadoras en el discurso de Crawford fue que la inteligencia artificial representa una amenaza directa a lo humano. En su visión, la IA es una forma de profanación, una herramienta que vacía de sentido nuestras acciones, que suprime nuestra agencia y degrada nuestra esencia.

Esta visión confunde la existencia de una herramienta con el modo en que se la utiliza. No es la IA lo que deshumaniza. Es su uso acrítico, desinformado o irresponsable lo que puede generar problemas. Y esa distinción es crucial.

La historia está llena de ejemplos. Los antibióticos salvan vidas, pero el abuso de opiáceos genera adicción. Los sistemas de vigilancia ayudan a prevenir delitos, pero también pueden respaldar a regímenes totalitarios. La electricidad ilumina la noche, pero también puede electrocutarnos.

La inteligencia artificial, como toda tecnología, no es buena ni mala por sí misma. Es un medio. Y como tal, puede ser usada para ampliar capacidades humanas, en educación, salud, escritura, organización, comunicación, o para reprimirlas, sustituirlas o distorsionarlas.

Ninguna herramienta es buena o mala per se. Es el ser humano quien, ejerciendo su libertad, puede decidir usarla para fines constructivos o destructivos.

Lo humano es ser adaptativo

La idea de que una tecnología “borra” nuestra humanidad parte de una visión estrecha y temerosa de lo humano. Lo cierto es que, si algo nos define como especie, es justamente la capacidad de adaptación, de invención y de uso de herramientas. Lejos de oponerse a lo humano, la tecnología ha sido un medio poderoso para lograr nuestros propósitos, y de lograr una mejor calidad de vida.

Usar IA para escribir mejor, pensar con más claridad o aprender con más rapidez no nos reduce. Al contrario, nos desafía a integrar, revisar, cuestionar y decidir con más recursos a nuestro alcance. Y en el caso de herramientas poderosas, estas no eliminan lo humano, sino que exigen más agencia, más criterio, más responsabilidad.

A lo largo de la historia, el ser humano ha enfrentado múltiples momentos de cambio profundo. Dejó de ser cazador-recolector para cultivar la tierra. Luego reemplazó el trabajo físico por el intelectual. En el proceso perdió cercanía con la naturaleza, pero ganó estabilidad, salud y proyección. Cada paso implicó dejar algo y tomar otra cosa. Y no siempre fue fácil anticipar el costo o el beneficio. Pero lo esencial fue, y sigue siendo, que el ser humano eligió. Discernió. Apostó. La libertad de decidir, aun imperfectamente, es parte de lo que nos hace humanos.

Por eso, el verdadero riesgo no es que la IA nos deshumanice. El riesgo está en rechazarla por miedo, o usarla sin juicio. Ambas reacciones implican renunciar a algo esencial, nuestra capacidad de actuar con sentido y de construir herramientas que, bien orientadas, activan lo más valioso de nosotros.

La agencia no desaparece, se potencia

Otro de los mensajes más persistentes en la charla de Matthew Crawford, aunque no siempre lo formuló con precisión, fue que la inteligencia artificial está erosionando nuestra capacidad de pensar, decidir y actuar. Su mensaje es claro. Cuando dejamos que la IA actúe en nuestro lugar, perdemos algo esencial. Ya no somos protagonistas, sino que entramos en una espiral de autoanulación. Pero la experiencia cotidiana de la mayoría de nosotros es distinta. Cuando un médico usa un sistema de apoyo para diagnosticar mejor, no está dejando de ser médico. Cuando un profesor utiliza IA para adaptar materiales a las necesidades de cada estudiante, no está desapareciendo como formador, simplemente está haciendo mejor su trabajo.

Para que el temor de Crawford tenga base, tendría que ser cierto que usar herramientas implica perder el control. Y eso, no necesariamente es así. Las tecnologías poderosas no suprimen nuestro papel; lo transforman, lo amplían y lo desafían.

¿La IA solo dice lo “más probable”? … ¿entenderá bien cómo funciona?

Otro de los argumentos planteados Crawford en su charla fue que los modelos de lenguaje como ChatGPT no pueden generar contenido verdaderamente valioso porque operan con una lógica estadística. Simplemente predicen la “palabra más probable” según el contexto. En su visión, eso los vuelve superficiales, previsibles, incapaces de generar algo novedoso. Lo estadístico, para él, es sinónimo de mediocridad y lenguaje vacío.

Pero esta crítica se basa en una comprensión poco profunda del funcionamiento de estos modelos. Es cierto que son sistemas probabilísticos. Pero eso no significa que solo produzcan resultados planos o poco novedosos. Al contrario, su potencia radica justamente en la complejidad, adaptabilidad y sensibilidad contextual con la que operan sobre el lenguaje humano, pudiendo combinar miles de patrones y, bajo guía humana, explorar ideas prometedoras con una profundidad y alcance nunca antes visto en la historia de nuestra especie.

Una de las paradojas del argumento de Crawford es que la mente humana también funciona bajo esquemas equivalentes a la inferencia probabilística. De hecho, las sinapsis que conectan nuestras neuronas se refuerzan en base a nuestras experiencias y lo que vivimos con mayor frecuencia o que nos impacta con más fuerza. Cuando una persona conversa, responde, escribe o incluso recuerda, no accede a verdades puras ni a secuencias únicas. Estima, anticipa, selecciona y adapta según contexto, experiencia y expectativa. Esas decisiones no son “perfectas”, sino probablemente adecuadas. Decir que la IA “solo da lo más probable” es ignorar que eso es equivalente a lo que hacemos los humanos todo el tiempo. Lo que cambia es el medio, biológico o digital, no la lógica subyacente.

Complejidad, no trivialidad

Los modelos de lenguaje actuales no funcionan como autómatas que lanzan un dado entre sinónimos. Operan con miles de millones de parámetros, capas jerárquicas de atención, y una capacidad de adaptación al contexto que supera ampliamente los estereotipos de previsibilidad.

Son capaces de distinguir tono, ajustar el registro, modular el estilo según la audiencia o la intención comunicativa. Y más importante aún, no operan en el vacío, necesitan ser activados, guiados, evaluados por personas. No son oráculos. No son sustitutos. Son sistemas generativos que dependen, en última instancia, de las decisiones humanas. Su eficacia, por tanto, no anula la agencia del usuario, la potencia.

¿Qué está realmente en juego cuando hablamos de IA y humanidad?

A lo largo de su charla, Matthew Crawford construyó una narrativa en la que la inteligencia artificial aparece como una amenaza a la naturaleza humana, una tecnología que nos reemplaza y que nos borra como sujetos. Es una visión que sugiere que, al incorporar IA en nuestro día a día, nos entregamos hacia una forma de deshumanización silenciosa, progresiva e irreversible.

Pero si algo ha quedado claro en este análisis, así lo espero al menos, es que esa narrativa, aunque bien presentada y retóricamente eficaz, descansa en supuestos discutibles y en una mirada que subestima la capacidad humana de adaptación. Más que un argumento técnico o filosófico, parece ser, en muchos aspectos, una reacción negativa frente a un cambio que, ciertamente, tiene alcances que recién estamos pudiendo visualizar.

Este artículo no busca plantear que la IA es virtuosa ni una solución a todos nuestros problemas. No todo uso es positivo. Existen riesgos reales, como la dependencia pasiva, el relajo en el uso del criterio, la homogeneización cultural, o la automatización sin reflexión. Pero rechazar la tecnología por miedo, o mitificar “lo humano” como si fuera algo frágil que solo puede sobrevivir intacto en su estado natural original, no es la respuesta.

Lo que está realmente en juego no es el alma, ni nuestra capacidad de agencia entendida como atributo inmutable. Si es nuestra capacidad como individuos y como sociedad de seguir ejerciendo juicio, prudencia y responsabilidad en entornos que se transforman con rapidez. La IA no nos hace menos humanos, sin embargo, nos plantea con urgencia la pregunta ¿qué tipo de humanos queremos ser cuando tenemos herramientas más poderosas a nuestra disposición?

Entender bien esta nueva tecnología no es un lujo académico o técnico. Es una necesidad práctica, especialmente cuando nuestras decisiones modelan el presente y el futuro tanto propio como el de las próximas generaciones.

Por eso es clave que planteamientos como el de Crawford sean leídos con atención, pero también con mirada crítica. No para descalificarlos, sino para evitar que diagnósticos incompletos induzcan error y temor, y se transformen en una barrera para innovar, colaborar y crecer.

Es fácil imaginar las consecuencias negativas, en múltiples dimensiones, que podríamos haber experimentado si es que hubiésemos decidido prohibir en nuestro país u organizaciones innovaciones del pasado tales como el uso de emails o Whatsapp. ¿Es razonable hacer algo así con la IA?

Frente a lo nuevo, lo complejo, lo impredecible, estamos llamados a entender, conocer, y evaluar con juicio. No a bloquear ni negar por temor. Nuestro futuro depende de ello.