¿Por qué hablar de esto en una Escuela de Negocios?

Todos los días ocurre algo nuevo con la inteligencia artificial. Aparece un modelo más poderoso, una aplicación sorprendente o una industria que empieza a transformarse.

Es tal el volumen de novedades que, en algún punto, uno deja de sorprenderse. El cerebro lo normaliza.

Tarde o temprano aparece una pregunta. ¿A qué me aferro frente a este vértigo cuando todo cambia?

Es una pregunta profunda, de esas que vale la pena tomarse en serio.

Pero no somos los primeros en vivir una época de incertidumbre. Basta mirar la historia. Está llena de personas que vivieron cambios radicales, sin manual y sin certezas, y que supieron leer lo que ocurría y hacer algo al respecto.

Entre esas personas me detuve en dos santos cuyo legado llega hasta hoy. Ignacio de Loyola, que vivió en el siglo XVI, cuando la imprenta lo transformaba todo y los océanos se abrían. Y san Josemaría Escrivá, en el siglo XX, cuando la televisión irrumpía y la modernidad aceleraba.

Entonces imaginé un seminario en ESE, en el que pudiéramos hablar de ellos desde distintas perspectivas y pensar qué podrían decirnos hoy sobre la inteligencia artificial.

¿Quién se animaría a hablar de algo así? Al final participaron un filósofo, un abogado y un ingeniero. Todos, en parte, engañados. Porque la primera conversación que tuve con cada uno no fue sobre el seminario. Les dije que quería su mirada sobre “un tema”. En mi cabeza ya los veía a los tres conversando sobre esto, así que fui a tantear terreno. Y dijeron que sí.

Participaron el filósofo Álvaro Pezoa, director de nuestro Centro de Ética y Sostenibilidad Empresarial; el padre Sebastián Urruticoechea, doctor en derecho canónico y capellán de la Universidad de Los Andes, para imaginar qué habría dicho san Josemaría Escrivá; y el padre Juan Cristóbal Beytía, provincial de la Compañía de Jesús en Chile e ingeniero con máster en ingeniería industrial, para hacer lo mismo con san Ignacio.

Cuando les expuse la idea, lo primero que me dijeron fue que no eran los más indicados. Que había personas en sus congregaciones que sabían más de inteligencia artificial y otras que conocían mejor a sus santos. Y justamente eso era lo que los volvía adecuados para esta conversación, porque el tema de fondo es la persona, más que la tecnología.

Inteligencia, ¿de qué hablamos exactamente?

Álvaro planteó algo que vale la pena considerar con calma. La inteligencia artificial ofrece aportes, pero también plantea riesgos. Y uno de los más importantes no es tanto que la IA se vuelva más humana y nos desplace, sino que el ser humano se vuelva demasiado máquina en su forma de pensar, decidir y vivir.

También sostuvo que llamar inteligencia a lo que hace la IA introduce una confusión que contamina toda la discusión. Lo que hace la IA es correlacionar datos, establecer probabilidades y producir resultados a partir de su entrenamiento. El ser humano, en cambio, comprende, interpreta, capta significado y busca la verdad.

Esa diferencia se vuelve más concreta cuando se piensa en el cuerpo. El ser humano no solo tiene cuerpo. Existe corporalmente. El cuerpo siente, percibe y encarna el conocimiento. Toda experiencia humana pasa por ahí. La IA, tal como hoy la conocemos, carece de esa experiencia. Entonces surge una pregunta. ¿Puede haber conocimiento pleno sin esa encarnación?

Planteó además otra distinción importante. Entrenar y educar no son lo mismo. A la IA se la entrena con datos. A un hijo, en cambio, se busca educarlo. Eso es mucho más complejo y tiene que ver con aprender modos de comportamiento, de interacción y de pertenencia a una comunidad. Confundir ambas cosas es otro síntoma del mismo problema.

Todo esto lleva a otra pregunta. Si la IA puede amar. Sabemos que puede simular empatía, y a veces lo hace de manera sorprendente. Pero no ama en sentido propio, porque no tiene interioridad, no se entrega ni asume compromisos. Puede parecer obvio, pero es decisivo. Amar es una dimensión central de la vida humana, la que ilumina todo lo demás. Una tecnología puede funcionar muy bien, pero no actúa en sentido pleno, porque actuar implica intencionalidad, responsabilidad y hacerse cargo de las consecuencias.

Álvaro compartió además un caso que ilustra bien este problema. En Estados Unidos, algunos sistemas judiciales comenzaron a usar IA para apoyar decisiones sobre libertades condicionales, basándose en grandes volúmenes de datos acumulados por años. El resultado mostró sesgos graves. Las decisiones favorecían en mucha mayor proporción a personas blancas que a personas afroamericanas. Quedó en evidencia que el criterio no estaba juzgando justamente el mérito del caso, y el uso de esos sistemas tuvo que ser cuestionado y suspendido.

Cuando se juzga a una persona, se está frente a alguien único e irrepetible, con una historia y una biografía. En ese contexto, el análisis probabilístico puede iluminar, pero no puede reemplazar el juicio. Se le delegó a una máquina una decisión que exige algo que ella no tiene.

El tiempo no es oro

Sebastián confesó que, antes del seminario, enfrentó un desafío importante. Ponerse en el lugar de san Josemaría Escrivá e imaginar qué habría dicho sobre la inteligencia artificial.

Compartió que, detrás de cualquier conversación sobre herramientas, está siempre la persona que las usa. Y que, para entender cómo san Josemaría habría mirado la IA, primero hay que entender cómo miraba el mundo.

Su espiritualidad no era la del retiro ni la del convento. Era la de la calle. Cuando le preguntaron cuál era su capilla favorita en Roma, una ciudad llena de oratorios y lugares de oración, señaló por la ventana y mostró la calle. Lo sagrado no está separado de lo ordinario. Está en medio de ello.

Desde ahí, san Josemaría habría visto la IA como una herramienta de trabajo. Y el trabajo, en su visión, es un lugar privilegiado donde una persona puede encontrarse con Dios, servir a los demás y desarrollarse. Por eso exige hacerlo bien. A Dios no se le pueden ofrecer cosas mediocres. Y eso incluye aprender a usar bien las herramientas disponibles, también la inteligencia artificial.

Pero hay cosas que no se pueden delegar, como el protagonismo en la propia vida. Una persona que deja sus relaciones, sus decisiones y su conducta en manos de cualquier herramienta va cediendo aquello que la define. La responsabilidad de conducir la propia vida no se delega.

Entonces surge una pregunta muy concreta. ¿Para qué uso el tiempo que me libera la tecnología? ¿Hacia dónde apunta lo que estoy haciendo? A san Josemaría la frase “el tiempo es oro” le parecía insuficiente. Porque el tiempo disponible está llamado a algo trascendente. Y, si una tecnología nos libera tiempo, es clave usarlo para algo que realmente valga la pena.

Discernir en tiempos de vértigo

San Ignacio vivió en un mundo que se expandía de formas que nadie había anticipado. La imprenta transformaba la circulación del conocimiento y los océanos se abrían. El mundo conocido crecía con rapidez. Frente a eso, Ignacio no se paralizó. Envió misioneros a la India y a Brasil, publicó catecismos aprovechando la imprenta y usó los medios disponibles al servicio de su misión. La novedad aparecía como una oportunidad.

Desde esa lógica, Juan Cristóbal propuso que san Ignacio habría visto la IA como un instrumento, y que todo instrumento se evalúa por la dirección que se le da. En los Ejercicios Espirituales, Ignacio lo plantea con claridad. Conviene tomar de las cosas cuanto ayuda al fin humano y apartarse de ellas cuando lo impiden.

Pero hay una trampa en ese camino. La IA genera una ilusión de inteligencia basada en modelos probabilísticos. Procesa enormes volúmenes de información y produce resultados que pueden parecer extraordinarios. Pero cuando la IA dice “mesa” o “tristeza”, ¿sabe realmente de qué habla? El ser humano sí lo sabe, porque ha vivido esas realidades en su cuerpo y en su historia. La máquina opera con patrones y correlaciones, sin experiencia de nada.

Lo ilustró con una imagen precisa. Un amigo suyo visitó una ciudad con muy poco tiempo. Recorrió todos los puntos de interés en un día y sacó fotos en cada lugar. ¿Conoció la ciudad? Probablemente no. Con la IA ocurre algo parecido.

Además, planteó que delegar capacidades cognitivas en la IA podría producir, con el tiempo, una atrofia del pensamiento propio, del mismo modo en que la vida moderna debilitó la fuerza física de quienes antes necesitaban su cuerpo para trabajar. Hoy muchas personas van al gimnasio para compensar lo que la vida cotidiana ya no exige. El juicio crítico podría correr una suerte parecida.

En su opinión, san Ignacio respondería a todo esto con su método habitual. El discernimiento. Y eso se puede traducir en preguntas concretas para examinar el uso cotidiano de la herramienta.

Faros del pasado

Estamos ante un cambio cuyos alcances aún son difíciles de estimar. Todos los días aparece algo nuevo, una capacidad que antes no existía, una industria que se transforma, una certeza que se desestabiliza. Y en medio de ese vértigo reaparece una pregunta que no tiene una respuesta técnica. ¿A qué me aferro cuando todo cambia?

Viktor Frankl respondió esa pregunta desde una de las experiencias más inhumanas que puede vivir una persona. Un campo de concentración nazi. Observó que quienes lograban mantenerse en pie no eran necesariamente los más fuertes ni los más jóvenes. Eran quienes tenían algo sólido dentro de sí. Un sentido. Una manera de mirar la vida que el entorno no podía quitarles, aunque les quitara todo lo demás.

No hace falta llegar a ese extremo para entender lo que Viktor Frankl plantea. En cualquier momento de ruptura, lo que sostiene a las personas es aquello que llevan profundamente arraigado. Sus valores. Su manera de entender lo que importa. Lo que consideran irrenunciable.

Por eso tiene sentido mirar a personas que vivieron épocas disruptivas. San Ignacio y san Josemaría estuvieron presentes en este seminario a través de sus legados, porque enfrentaron cambios enormes sin manual, supieron leer lo que ocurría y encontraron un camino que llega hasta hoy. Como dijo Juan Cristóbal al cierre, “esta tecnología ofrece muchos beneficios y también abre preguntas. Vamos rápido y tratamos de encontrar respuestas en algo sólido, como estas dos espiritualidades”.

Frente a este cambio disruptivo no sabemos exactamente qué va a pasar, pero sí sabemos qué queremos ser, con qué nos sentimos en paz, cómo nos gustaría que fuera el mundo para nuestros hijos y qué nos provoca alegría, pena, plenitud o vacío.

Hoy importa hacerse esas preguntas. Cada uno debe planteárselas. Cómo queremos enfrentar tanto lo bueno como lo desafiante que viene.

Cada época disruptiva tuvo sus propias preguntas. Las respuestas siempre vinieron de quienes supieron a qué aferrarse.