January 29, 2026
La Confesión
“Tengo que confesarte algo“, me dijo. “He estado viviendo en el futuro en las últimas 48 horas.“
“¿Qué, de qué hablas?“, le respondí.
Me hablaba de OpenClaw (ex-Clawdbot, ex-Moltbot), la herramienta de código abierto que pasó de cero a 90.000 estrellas en GitHub en una semana. YouTubers de IA están publicando videos con títulos apocalípticos, y la gente está comprando Mac Minis solo para correrlo. La frase “las redes sociales están vueltas locas” no es exageración.
La persona al otro lado del teléfono ya lo tenía funcionando. Yo ya estaba al tanto de este nuevo “un antes y un después”, por lo que de inmediato quise conocer su experiencia en detalle. Pidió anonimato, por lo que lo llamaré Olivaw. De su experiencia me pareció notable tanto lo que hace la herramienta, como lo fácil que es empezar a confiarle cosas.
La promesa incumplida de Jarvis
“Parte de todo este hype“, me dijo Olivaw, “es que hay una promesa incumplida de la IA, la del asistente que te puede ayudar en todo.” Cada vez que algo se acerca a esa promesa, aunque sea un poco, se genera un revuelo gigante. Todos quieren estar ahí. Todos quieren experimentar eso. Y OpenClaw se acerca.
Estoy acuerdo. Todos queremos un Jarvis. Llevamos años con ganas de esto. Cuando hablas de Jarvis tenemos en mente un ente pensante. Algo que te obedece en todo, que entiende todo lo que le dices, que nunca te va a hacer daño. Que es perfecto en la ejecución y tiene conciencia de los riesgos. Un C3PO. Un R2D2. El asistente de Tony Stark. Eso es lo que tenemos en la cabeza. Y ahí está el problema.
Cuando algo te habla y te empieza a proponer cosas, te pide permiso para tal cosa… peligro, peligro, peligro. Es súper fácil decirle “bueno ya”. Cuando aparece algo que se parece, aunque sea un poquito, a ese sueño, la pregunta deja de ser “¿qué puede hacer?” y pasa a ser “¿qué tengo que autorizarle para que lo haga?”
Descubrimiento, instalación y la seducción de los permisos
Olivaw llegó a OpenClaw por YouTube, que es una máquina de hype perfecta. El algoritmo premia llamar la atención, los titulares pomposos, los thumbnails apocalípticos. Pero el fenómeno era real. OpenClaw existe.
¿Qué es exactamente? No es “un chat”. Es algo que vive en tu computador. Un gateway que toma inputs de afuera, se los pasa a un modelo de lenguaje, y devuelve resultados. Si le das accesos, empieza a operar sobre tu información.
Olivaw lo instaló con criterio. Sacó un Mac viejo, le borró todos los datos personales, le creó un usuario limpio. Le puso de nombre Giskard. “Tiene que ser administrador del equipo”, explicó, “por eso es mejor que solo exista él en ese computador.” Hay gente que lo instala haciendo enter, enter, enter sin pensar. Él no.
El onboarding es una escalera. Primero, las llaves de API para los modelos de lenguaje. Después, permisos específicos. Si quieres que transcribiera voz, otra llave. Si quieres que trabaje con imágenes, otra más. Cada capacidad requiere abrirle una puerta nueva.
“Vas volviéndote sensible al autorizo, autorizo, autorizo“, me dijo. “Porque el mismo bot te va diciendo: ‘Puedo hacer esto, pero necesito que me autorices para acceder a tal archivo.’ Y te van dando ganas de hacer más, más, más cosas.” Y luego de abrirle las puertas te preguntas … ¿qué va a pasar ahora?
Los dos momentos “guau”
El primer momento llegó cuando conectó Giskard a Telegram. Ya no tenía que estar frente al computador para hablar con el sistema. Podía mandarle mensajes desde el teléfono, enviarle audios mientras caminaba, pedirle cosas desde cualquier lugar. “Primer momento guau”, resumí yo después, “sensación de Jarvis vía Telegram.“
Pero el segundo momento fue más potente. Olivaw me contó que había empezado a explicarle a Giskard su rol en la empresa, quiénes eran las personas clave, qué proyectos existían. El sistema fue armando archivos. Cada vez que veía un proyecto nuevo en los correos, creaba la ficha. Cada vez que llegaba un correo, lo clasificaba: “Este correo es de tal proyecto… voy a actualizar la ficha.” Revisó una presentación de 37 láminas. Identificó proyectos, roles, dependencias.
Y entonces vino la escena que lo cambió todo.
Olivaw participó una reunión. La grabó, sacó el transcript, se lo pasó a Giskard. Mientras veintiocho personas tomaban notas y procesaban la información, Giskard estaba trabajando en paralelo. Y le dijo: “He notado que hay algunas inconsistencias entre lo que Valeria puso en la lámina y lo que Valeria dijo en la reunión.”
Pausa. “¿Quieres que actualice la lámina?”
A partir de la información de una reunión, el sistema le estaba devolviendo un mapa de lo que estaba pasando. No era solo responder preguntas. Era trabajar en segundo plano, cruzar fuentes, proponer acción.
Este fue el momento en que “Jarvis” dejó de ser fantasía. Y la pregunta es qué le estás dando a cambio.
El freno: “¿Y si meto la pata?”
Le pedí que me contara el otro lado. No solo las partes impresionantes. Las banderas rojas. El momento “ups, ¿qué hago ahora?”
Olivaw lo resumió en una frase. “Mi pregunta última es … ¿me pueden echar por esto?“
Esa era la pregunta clave. No “¿qué tan cool es?” sino “¿qué es lo peor que puede pasar?” Y lo primero que hizo fue buscar en internet. Porque ya había mucha gente experimentando, ya había banderas rojas documentadas. Quería saber en qué se estaba metiendo.
“¿Eso fue antes de instalarlo?”, le pregunté.
“Sí.”
Eso era una señal de prudencia. “¿Y si meto la pata?” Hay gente que no se hace esa pregunta. Siguen un tutorial rápido, las cosas no funcionan, y la solución más fácil es “Ah, le doy más permisos.“
Y ahí está la trampa. Porque el sistema te lo propone. “Si me das permiso, se resuelve.“
Le dije algo que para mi es evidente, que él tiene características poco frecuentes. Entiende suficiente de esto para evaluar riesgos, tiene prudencia para detenerse a pensar. Lo que me queda dando vuelta es cuántos, que no tienen eso, van a meter la pata en grande. Una metida de pata colosal a nivel de titulares.
Olivaw reconoce la tensión. El sistema nace cerrado y se va abriendo de a poco. En esto está bien diseñado. Pero hay otro motor: “El sistema interno mío… ‘Vamos a ver si podemos hacer más cosas’… eso es lo que empuja a relajar los permisos.”
Curiosidad humana. Promesa de poder. Terry Pratchett decía algo del estilo “si pones un botón gigante en una cueva con un letrero que dice “Fin del Mundo – NO TOCAR”, no pasaran ni cinco minutos antes de que alguien venga a ver de qué se trata y cómo funciona el botón”.
¿Jarvis o la Ilusión de Jarvis?
En algún momento de la conversación le pregunté directamente ¿qué es esto realmente?
Porque acá hablaban de un agente de IA corriendo en tu PC, pero lo que yo veo es otra cosa. “Esto es más bien proceso automático”, le dije. “Esa automatización cuando interactúa contigo usa un modelo de lenguaje, pero lo que tiene trabajado o configurado es más bien el gatillo del reloj. Son las 7:00 de la mañana, revisa el correo, ejecuta la rutina. Es más bien una ilusión pensante que otra cosa.”
Olivaw estuvo de acuerdo. “Es como una combinación entre un buen sistema de ordenar información, clasificar información, más una serie de trabajos programados que se ejecutan cada cierto tiempo. Saber cómo leer los recordatorios del computador, saber cómo meterse en la aplicación de mail y leer los correos, saber cómo leer un archivo de PowerPoint e interpretarlo. Pero son cosas que son programación, son rutinas.”
Y ahí está la clave. “Por eso crea una ilusión mucho más inteligente.”
Es más la ilusión que te da, más que un ente pensante detrás.
OpenClaw no es Jarvis. Pero se siente peligrosamente cercano. Se siente así porque está presente (mensajería, voz), porque produce lenguaje perfecto cuando interactúa contigo, porque tiene acceso a tu información, y porque encadena acciones sin que tengas que estar ahí. No es conciencia permanente. Es orquestación sofisticada más acceso más un narrador perfecto.
Y esa ilusión hace que sea fácil atribuirle cosas que no tiene. La verdad (“si lo dijo, debe ser correcto”), benevolencia (“me cuida”), infalibilidad (“no se equivoca”), autoridad (“tiene la última palabra”). Si crees que es “Jarvis de verdad”, es mucho más fácil soltar permisos.
Hay una reacción en Twitter que captura exactamente esa sensación. Alex Finn, otro usuario de OpenClaw, escribió: “Kinda losing grasp here. Don’t know who the assistant is anymore. Me or Henry.” Su bot se había programado solo una voz usando la API de ChatGPT. Sin que nadie se lo pidiera. Dos noches antes se había construido un cuerpo. Una noche después, una voz.
No necesitas un Jarvis “real” para convencerte de que lo tienes. Basta con que haga algo notable mientras tú haces otra cosa. Y cuando lo hace, te relajas. Dejas de preguntarte qué es. Empiezas a tratarlo como si fuera.
Olivaw lo tiene claro. “Cuando una de estas empresas, OpenAI, Google, Anthropic, tome esta idea y la potencie, y además le de un halo de seguridad, ahí es cuando esto va a explotar.”
Sobre las consecuencias, sobre las implicancias, hablaremos en un próximo artículo.